EL VUELO DEL COLIBRÍ_ RELATOS

domingo, 21 de agosto de 2011

EL MILAGRO DE LA VIDA




I PARTE


La maternidad siempre fue mi gran ilusión, tan importante era para mí, que toda mi vida giraba en torno a ese poderoso deseo.
Pasé por una serie consecutivas de embarazos, los cuales nunca llegaban a su fin, al tercer mes, todos fracasaban. Fueron etapas físicamente y moralmente agotadoras. Los peores fueron los episodios depresivos, donde me hundía por cada uno de los fracasos y de donde creía que nunca podría salir.

Un día, hablando del tema con una buena amiga, me abrió un abanico de esperanzas. Me comentó algo que excedían todos los límites de la sensatez. Quizás fuese por la desesperación, el caso es que pese a mi recelo, me propuse intentarlo.
Decidí ir a husmear un poco en ese mundo desconocido. Fui hasta allí sin comentar nada con mi marido, como si algo ilegal estuviera haciendo. Tomé el tren hasta una ciudad próxima, luego el metro me llevó a las afueras y anduve unas cuantas manzanas hasta llegar a la dirección que me había facilitado mi amiga.

A la altura de media calle un rótulo desteñido señalaba el establecimiento que andaba buscando.
Me paré ante la puerta unos segundos. Y la verdad es que me preguntaba a mi misma que hacía yo allí… Si se enterara mi marido- pensé.  Él que siempre me había considerado una persona tan sensata.  Pero no seguí mi razonamiento. Decidida, con una mezcla de ilusión e impotencia que me nublaba la razón, fui en busca de algo que siempre había considerado absurdo, pero que en ese momento era mi única esperanza.

La puerta estaba entre abierta. La atravesé y anduve por un pasillo, llegue hasta una escalera, muy empinada. Unas cuantas velas colocadas en los laterales de cada peldaño alumbraban el ambiente. Conforme bajaba, aquel lugar se iba transformando en un espacio enigmático. Al llegar al último escalón me detuve un instante para observarlo todo. La iluminación era tenue, aquel lugar desprendía una mezcla de aromas sutiles, incienso, canela, naranja…un espectáculo de agradables aromas.
Escuché una voz  que salía de detrás de una de las estantería que me preguntaba si deseaba algo. Guardé silencio unos instantes y enseguida apareció de detrás de un estante, un extraño personaje.
Me sorprendió su atuendo, su extraña apariencia daba honor a su nombre al cual hizo referencia al instante.

-Soy Merlín ¿en que puedo ayudarle?

Iba vestido con una túnica azul y un enorme gorro adorando con estrellas. Tenía una larga barba blanca y un generoso bigote. Realmente parecía un personaje recién sacado de un cuento.

Me resultó simpático y me produjo una sonrisa que intenté disimular. Enseguida me empezó a ofrecer multitud de remedios, para la tos, el reuma, la alergia, el insomnio, amén toda clase de males, pero nada parecido a lo yo andaba buscando.

La primera sensación que tuve fue, que había cometido un error yendo hasta allí, que aquel pintoresco personaje nunca podría ayudarme. Pero al fin y al cabo, que podía  perder con intentarlo. 
Le abrí mi corazón, fui exponiendo todas mis inquietudes. Le conté, que el deseo de ser madre se apoderaba de mí y sentía que el tiempo se me agotaba.
Observé como acariciaba su barba mientras me escuchaba con atención.

-Será algo complicado- me dijo: pero tengo lo que necesita.
Se dirigió hacia el fondo del sótano y se introdujo en una especie de recámara, mientras yo esperaba impaciente… Salió con un libro entre sus manos y las extendió ofreciéndome aquel grueso tomo, envejecido por el tiempo.
Me hablo con mucha solemnidad.

-Tenga Sra. custodie bien este ejemplar, es el único que existe en todo el mundo, en él encontrará lo que ha venido a buscar- y depositó el volumen con sumo cuidado sobre las palmas de mis manos.

Con curiosidad abrí aquel tomo para ver el contenido, y un soplo de aire trémulo arrastró varias páginas hacía delante, se detuvieron ipso facto. 
Merlín señaló con su dedo índice el párrafo que indicaba con todo detalle, los preámbulos a seguir.
Las palabras allí escritas me parecieron estrambóticas, pero me aseguró que aquel libro era realmente poderoso y que era el único que me permitirá dar vida a un nuevo ser.
Aquellas palabras me sonaron a música celestial. La verdad era que necesitaba creer en ellas. Lo tomé ilusionada e infinitamente agradecida, me despedí de él.

Una especie de inquietud mezclada con euforia me recorría el cuerpo. El solo pensar que mi propósito se podría lograr me superaba. Mentalmente iba dibujando, un retrato visual de mi misma, con mi bebé entre los brazos.
Las piernas me temblaban, ya me parecía acariciar mi deseo, con la punta de los dedos.

Mientras subía las escaleras, observé que a mi paso las velas se iban apagando. Eché la vista hacia atrás y todo se había envuelto en una oscuridad absoluta.

Apresuré el paso un tanto alarmada. El portón estaba abierto como esperando a que saliera. Al cruzarlo, escuché tras de mi como rápidamente se cerraba de un portazo. Volví a mirar hacia atrás, pero aquel enorme portón ya no estaba allí. En su lugar, había un gran muñeco de cartón con el aspecto del Mago Merlín, que anunciaba infusiones para todos los males.
Quedé desconcertada y apresuré el paso callejón a bajo.  Estaba exhausta, la alegría del logro de mi deseo me nublaba la mente. Poseía la forma de llevar a cabo, la ilusión más grande de mi vida.






 II PARTE-El desenlace.




En la primera noche de luna llena puse en práctica todo aquel ritual bajo la un gran manto de estrellas, solo el viento y noche fueron testigos de aquello, ahora, solo cabía esperar…

Transcurrió algún tiempo sin que hubiese señal de que aquel libro hubiera logrado  su función. Mi deseo persistía, pero el reloj biológico jugaba en mi contra.

Con el tiempo, casi había llegado a asumir que nunca llegaría a ser madre. Ni siquiera aquel extraño personaje, había podido con mi desgracia. Hasta que un buen día, después de algunos meses de aquello, las esperanzas volvieron a renacer.

La noticia de un nuevo embarazo fue todo un acontecimiento, aunque la sombra del desastre pendía desde el techo de la incertidumbre, como una espada  puntiaguda.

Los meses seguían avanzando y la preñez seguía su curso. Traspasé el ecuador del tercer mes, y pese al desconcierto, la gestación siguió su curso...

Cumplí todos los meses de embarazo. Ya todo estaba dispuesto, y la espera se hacía interminable.
Habían pasado seis días de la fecha señalada y aún no sentía ni un solo síntoma del parto.Era algo inexplicable, pero el caso es que, pese a lo cercano del alumbramiento, yo estaba mas serena que nunca. 

Cierta noche al acostarme, me sentí algo incómoda. Sobre las cuatro de la mañana, un  pinchazo en el bajo vientre me despertó. Sentía unas ganas irresistibles de ir al baño. Al ponerme en pie, sentí como un líquido tibio me resbalaba por las piernas y supe que había llegado la hora. Sin alarmismos llamé a mí marido.
-Samuel, despierta, creo que ya viene
Mi marido, sobresaltado, dio un brinco de la cama.
-¿Qué? ¿Como? ¿Ya? -preguntaba nervioso, mientras se ponía los pantalones y me decía- Vale cariño, tu tranquila, respira, respira, fffff, fffff, fffff.

Mientras él se vistiera, me senté a esperar…
Era absurdo, pero en esos momentos tan cruciales, me apetecía más que nunca, un gran trozo de tarta de fresas; de esas que me preparaba mi madre cuando era pequeña y me  ponía enferma. Esas tartas, tan exquisitas, parecían estar encantadas, apartando de mí, todos los males.

En pocos minutos estaba todo listo y sin demora, nos dirigimos a la clínica. Cogimos el ascensor; nuestra vivienda estaba situada el octavo piso. Durante el descenso, al paso entre el sexto y el quinto, el ascensor detuvo su marcha.

Sin mediar palabra nos lanzamos una mirada aterradora.
-¿Qué ocurre cariño?-Le pregunté a Samuel.

-No es nada, no te preocupes- Respondió, mientras pulsaba con insistencia el botón de la alarma; pero a esas horas de la noche los vecinos dormían y nadie escuchaba nada.

Insistíamos con la alarma y viendo que no había respuesta, los nervios se apoderaban de mí. Sollozando, supliqué a voces
-!!!!Sácame de aquí por favor, sácame de aquí. Condenado chisme. Se le ocurre averiarse en este mismo instante!!!!. 
Mientras Samuel intentaba tranquilizarme, pulsaba sin tregua todos los botones del ascensor.
Mis suplicas eran verdaderamente angustiosas. Pero nadie nos auxiliaba.

La evolución del acontecimiento seguía su curso y las contracciones eran rítmicas y cada vez  más frecuentes.
Seguimos insistiendo una y otra vez, golpeando la puerta con fuerzas, gritamos durante no se cuento tiempo, pero nadie dabas señales de vida.

Con la agitación de las circunstancias y las contracciones, me sentía cada vez mas cansada, en un momento de desesperación me recosté en el ascensor. La dilatación fue rapidísima. Con unas ganas extremas de empujar el proceso del alumbramiento se desató.
Samuel, sin saber muy bien que hacer, me repetía-Cariño respira, ffff, fffff...
Sin experiencia alguna, saqué mi instinto más primitivo a flote. 
La cabeza del bebé se coronó en pocos momentos. La conmoción fue tan grandiosa. Una mezcla de pánico y desesperación unida a la ilusión de la llegada de ese hijo tan deseado, inundaba nuestros corazones.

Fue un parto rápido. En unos minutos el bebé estaba entre mi pecho y las manos de Samuel. Una precioso bebé, se veía tan frágil. 
Lágrimas de alegría corrían por mis mejillas. Samuel ató el cordón umbilical con la cinta de mi pelo.

El bebé lloraba con fuerzas, y yo satisfecha, pasaba con dulzura mi dedo por su carita. Aquellos ojos negros llenos de vida, clavados en mi rostro parecían reconocerme. Acababa de nacer y un fuerte vínculo se había creado entre nosotros.
Una dura experiencia para los tres, sobre mi cuerpo tenía un regalo divino, lo que siempre había soñado. No supe muy bien como lo logré, si había sido aquel extraño libro o si el mismo Dios, se había apiadado de mí.

Margary Gamboa.

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