EL VUELO DEL COLIBRÍ_ RELATOS

viernes, 12 de agosto de 2011

TROCITOS DE GLORIA


Dulce, la más bella palabra que pueda escuchar a tan temprana hora. Porque nada me hace tan feliz como el simple hecho de saborearlos.
Son las nueve de la mañana, voy camino del centro para realizar algunas gestiones. Pero antes de coger el metro me detengo ante un escaparate que resplandece como un lucero. Desde lejos se distingue con facilidad un generoso letrero que dice “ANTOJOS” ¡Y que antojos! Por supuesto, en este momento, también son los míos. 

Sé, que se adivina mi entusiasmo tan solo con la expresión de mi rostro. Pero no puedo evitarlo. Intento despegar la nariz del escaparate, pero por un instante, creo que estoy adherida a él. Tan solo de ojear tan cuantioso confite, la boca se me hace agua. 

Desde fuera se distingue el interior. Veo un magistral mostrador de roble que parece sacado de una postal, con vitrinas laterales repletas de chocolates de todas clases, docenas de apetecibles merengues de muchas formas, delicias turcas, suspiros de caramelos, bombas de nata. Toda una exhibición de exquisiteces hechas para deleitar al paladar más goloso y exigente. 

Las delicias parecen vocearme, aguanto el tirón como puedo para no sucumbir a tan exquisitos manjares. Cuando me dispongo a retirar mis fauces del expositor para marcharme, alguien abre las puertas del local; el cual emana un sin fin de aromas que os aseguro,  es difícil describir. Fresa, nata, flan, caramelo, coco, vainilla y todo mezclado con el olor a bizcocho recién sacado del horno. Sin proponérmelo, mis pasos me dirigen hacia el interior del establecimiento. Con los ojos desorbitados frente a aquel derroche de trocitos de gloria, me quedo inmóvil ante el mostrador.

-¿Que le pongo?-Me pregunta la chica.

Ojeo rápidamente la cristalera para elegir tan solo, uno. Es difícil decidirse porque todo es de lo más apetecible. Así que le señalo una enorme bomba de nata bañada en chocolate y adornada con una gran fresa. 


La chica toma una servilleta suave, acerca las pinzas al dulce y lo coge con mucha delicadeza. 

Lo cojo con entusiasmo y salgo del la pastelería con evidente signos de felicidad en mi rostro.
Al salir, alguien se queda mirándome con una expresión de rechazo. No entiendo muy bien por qué, y no quiero darle la menor importancia. 

Miro hacia el establecimiento para volver a recrearme con la vista, una vez más antes de marcharme. Pero en vez de volver a disfrutar tanta ricura, puedo observar la pura realidad. Mi reflejo, mi silueta trazada a media luz. Un ser de poca estatura y con mas de 120 Kl de peso. Miro el pastel y pienso mientras le doy un generoso bocado...Tengo que hacer un poco de dieta, voy a conseguir el mismo tipo de la Barbie. Pero eso será mañana...


Margary Gamboa.

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