EL VUELO DEL COLIBRÍ_ RELATOS

domingo, 21 de agosto de 2016

EL MILAGRO DE LA VIDA


PARTE-I

La ilusión es la esperanza, incluso el anhelo de aquello que de verdad se desea.  Y he de confesar, que la maternidad siempre fue la mayor de las ilusiones. Tan importante era para mí, que habia llegado a un punto en mi vida, que todo giraba en torno a ese poderoso deseo.

Durante años pasé por consecutivas series de embarazos, pero nunca llegaban a su fin, al tercer mes, todos fracasaban. Fueron etapas física y mentalmente agotadoras. Los episodios depresivos me hundían en un hondo pozo, de donde se me hacía casi imposible salir.

Cierto día, hablando del tema con una buena amiga, su argumento me abrió un abanico de esperanzas. Me comentó algo que excedían todos los límites de la sensatez. Quizás fuese por la desesperación, el caso es que pese a mi recelo, me propuse intentarlo.

Decidí ir a husmear en ese mundo tan desconocido, como fascinante para mí. Fui hasta allí sola, en secreto. Como si algo ilegal estuviera haciendo. Tomé el tren hasta una ciudad próxima, luego, el metro me llevó a las afueras y anduve unas cuantas manzanas hasta llegar a la dirección exacta.

A la altura de media calle, un rótulo desteñido señalaba lo que andaba buscando.
Me detuve ante la puerta unos segundos, casi indecisa, la verdad es que me preguntaba a mi misma... !!!Que hacía yo allí…Dónde estaba la sensatez que tanto me caracterizaba!!!
Pero estaba decidida, con una mezcla de ilusión e impaciencia que me nublaba la razón. Había ido en busca de algo que jamás había considerado, pero que en ese momento, aunque lo creyese absurdo, podría ser mi única esperanza.

Entré sin llamar porque la puerta estaba entreabierta. Anduve por un largo y oscuro pasillo. Llegue hasta una escalera muy empinada que bajaba hacía un sótano. Unas cuantas velas colocadas en los laterales de cada peldaño, alumbraban el ambiente. La intriga me angustiaba. 
Conforme bajaba, aquel lugar se iba transformando en un espacio cada vez más enigmático. Al llegar al último escalón, me detuve un instante. Lo observé todo. La iluminación era tenue. Desprendía una mezcla de agradables aromas. Incienso, canela, naranja… 
De detrás de las estanterías, se escuchó una tímida voz que me preguntó si deseaba algo. Aguardé unos segundos en completo silencio, hasta que se acercó hacia mí, un extraño personaje.

Me sorprendió su atuendo, su extraña apariencia daba honor a su nombre al cual hizo referencia al instante.

-Soy Merlín ¿en que puedo ayudarle?

Iba vestido con una túnica azul y un enorme gorro adorando con estrellas. Tenía una larga barba blanca y un generoso bigote. Realmente aquel personaje parecía  sacado de un cuento.

Me resultó simpático y me produjo una sonrisa que intenté disimular. Enseguida empezó a ofrecerme multitud de remedios, para la tos, el reuma, la alergia, el insomnio, amén de toda clase de males, pero nada parecido a lo yo andaba buscando.

La primera sensación que tuve, fue que había cometido un error yendo hasta allí, que aquel pintoresco personaje nunca podría ayudarme. Pero al fin y al cabo, ya que habia ido... ¡Que podía perder con intentarlo!
Le abrí mi corazón, fui exponiendo todas mis inquietudes. Le conté... Mi gran deseo de ser madre, que sentía que el tiempo se me agotaba, que el reloj biológico ya casi estaba en mi contra. Mientras me escuchaba con atención, acariciar su larga barba blanca.

- Será algo complicado- me dijo: pero tengo lo que necesita.

Se dirigió hacia el interior de aquel oscuro habitáculo y se introdujo en una especie de recámara, mientras, yo esperaba impaciente… Después de largo rato, salió con un libro entre sus manos. Las extendió, ofreciéndome aquel grueso tomo, envejecido por el tiempo.
Sus palabras sonaban con mucha solemnidad.

-Tenga Sra. custodie bien este ejemplar, es el único que existe en todo el mundo, en él encontrará lo que ha venido a buscar...
 Y depositó aquél volumen con sumo cuidado sobre las palmas de mis manos.

Con curiosidad abrí aquel tomo para ver el contenido, sin ninguna pagipá en concreto, pero un soplo de aire trémulo, arrastró varias páginas hacía delante, y se detuvieron ipso facto. 
Merlín, señaló con su dedo índice, el párrafo que indicaba con todo detalle, los preámbulos a seguir...
Las palabras allí escritas me parecieron estrambóticas, pero me aseguró que aquel libro, realmente poderoso, era el único que me permitirá abrir pasó a una nueva vida.

Aquellas palabras me sonaron a música celestial. La verdad era que necesitaba creer en ellas. Lo tomé ilusionada e infinitamente agradecida, me despedí de él.

Una especie de inquietud, con mezcla de euforia, recorría todo mi cuerpo. El pensamiento de mi propósito hecho realidad, me superaba. 

Mientras subía las escaleras, las velas se iban apagando. Eché una mirada hacia atrás y todo se había envuelto en una oscuridad absoluta.

Apresuré el paso un tanto alarmada. El portón estaba abierto como esperando mi salida. Al cruzarlo, escuché tras de mi, como el portón se cerraba.  Sorprendida, volví la vista hacia atrás, pero aquella enorme puerta, ya no estaba allí. En su lugar había un gran muñeco de cartón con el aspecto del Mago Merlín, que anunciaba infusiones para todos los males.

Desconcertada, apresuré el paso callejón a bajo. Una mezcla entre entusiasmo y culpabilidad, con la alegría del logro de mi deseo, me nublaba la mente. Las piernas me temblaban, ya me parecía acariciar mi deseo, con la punta de mís dedos.




 PARTE II- El desenlace.

En la primera luna del mes, puse en práctica todo aquel ritual, bajo la luna llena, solo ella y la noche, fueron testigos de aquello, ahora, solo cabía, esperar…

Transcurrió algún tiempo sin que hubiese señal de que nada hubiese cambiado. Mi deseo persistía, pero sin resultado.
Pero me negaba a asumir que nunca llegaría a lograrlo. Hasta que un buen día, las esperanzas volvieron a renacer.

La noticia de un nuevo embarazo fue todo un acontecimiento, aunque la sombra del desastre pendía desde el techo de la incertidumbre, como una espada  puntiaguda.

Los meses seguían avanzando y la preñez seguía adelante. Traspasé el ecuador del tercer mes y raramente, la gestación siguió su curso...

Cumplí todos los meses de embarazo. Ya todo estaba dispuesto, y la espera se hacía interminable.
Habían pasado seis días de la fecha señalada y aún no sentía ni un solo síntoma del parto. Era algo inexplicable, pero el caso es que, pese a lo cercano del alumbramiento, yo estaba mas serena que nunca. 

Cierta noche, al acostarme, me sentí algo incómoda. Sobre las cuatro de la mañana, un  pinchazo en el bajo vientre me despertó. Sentía unas ganas irresistibles de ir al baño. Al ponerme en pie, sentí como un líquido tibio me resbalaba por las piernas y supe que había llegado la hora. Sin alarmismos llamé a mí esposo.

-Samuel, despierta, creo que ya viene

Sobresaltado dio un brinco de la cama.

-¿Qué? ¿Como? ¿Ya? -preguntaba nervioso, mientras se ponía los pantalones y me decía- Vale cariño, tu tranquila, respira, respira, fffff, fffff, fffff.

Me senté a esperar a que se vistiese.
Y en esos momentos tan cruciales, me apetecía más que nunca, un gran trozo de tarta de fresas; de esas que me preparaba mi madre cuando era pequeña y me  ponía enferma. Esas tartas, tan exquisitas, parecían estar encantadas, apartando de mí, todos los males.

En pocos minutos estaba todo listo y sin demora, nos dirigimos a la clínica. Cogimos el ascensor; nuestra vivienda estaba situada el octavo piso. Durante el descenso, al paso entre el sexto y el quinto, el ascensor detuvo su marcha.

Sin mediar palabra nos lanzamos una mirada aterradora.

-¿Qué ocurre cariño?-Le pregunté a Samuel.

-No es nada, no te preocupes- Respondió, mientras pulsaba con insistencia el botón de la alarma; pero a esas horas de la noche los vecinos dormían y nadie escuchaba nada.

Insistíamos con la alarma, viendo que no había respuesta, los nervios se apoderaban de nosotros. Sollozando, supliqué a voces..

-!!!!Sácame de aquí por favor, sácame de aquí. Condenado chisme. Se le ocurre averiarse en este mismo instante!!!!.

Samuel intentaba tranquilizarme, pulsaba sin tregua todos los botones del ascensor.
Mis suplicas eran verdaderamente angustiosas. Pero nadie nos auxiliaba.

La evolución del acontecimiento seguía su curso y las contracciones eran rítmicas y cada vez  más frecuentes.
Seguimos insistiendo una y otra vez, golpeando la puerta con fuerzas, gritamos durante... no sé cuento tiempo, pero nadie dabas señales de vida.

Con la agitación de las circunstancias y las contracciones, me sentía cada vez más cansada, en un momento de desesperación me recosté en el suelo del ascensor. La dilatación fue rapidísima. Con unas ganas extremas de empujar, el proceso del alumbramiento se desató.

Samuel, sin saber muy bien que hacer, me repetía-Cariño respira, ffff, fffff...
Sin experiencia alguna, saqué mi instinto más primitivo a flote. 

La cabeza del bebé se coronó en pocos momentos. La conmoción fue tan grandiosa. Una mezcla de pánico y desesperación unida a la ilusión de la llegada de ese hijo tan deseado, inundaba nuestros corazones.

Fue un parto rápido. En unos minutos el bebé estaba entre mi pecho y las manos de Samuel.
Lágrimas de alegría corrían por mis mejillas. Samuel ató el cordón umbilical con la cinta de mi pelo.
Una nueva vida, un precioso bebé que había nacido de mí. Que emoción más gratificante. Aquellos ojos negros llenos de vida, clavados en mi rostro, parecían reconocerme. Acababa de nacer y un fuerte vínculo se había creado entre nosotros.
Una dura experiencia para los tres, sobre mi cuerpo tenía, un regalo divino, lo que siempre había soñado. No supe muy bien como lo logré, si había sido aquel extraño libro o si el mismo Dios, se había apiadado de mí.

Autora-Margary Gamboa.

viernes, 12 de agosto de 2016

TROCITOS DE GLORIA


Dulce mmmm... la más bella palabra que pueda escuchar a tan temprana hora. Nada me hace más feliz, que el simple hecho de saborearlos.
Son las nueve de la mañana, voy camino del centro para realizar algunas gestiones, pero antes de coger el metro me detengo ante un escaparate que resplandece como un lucero. Desde lejos se distingue con facilidad un generoso letrero que dice “ANTOJOS” ¡Y que antojos! Por supuesto, en este momento, también son los míos. 

Sé, que se adivina mi entusiasmo tan solo con la expresión de mi rostro. Pero no puedo evitarlo. Intento despegar la nariz del escaparate, pero por un instante, creo que estoy adherida a él. Tan solo de ojear tan cuantioso confite, la boca se me hace agua. 

Desde fuera se distingue el interior. Veo un magistral mostrador de roble que parece sacado de una postal, con vitrinas laterales repletas de chocolates de todas clases, docenas de apetecibles merengues de muchas formas, delicias turcas, suspiros de caramelos, bombas de nata. Toda una exhibición de exquisiteces hechas para deleitar al paladar más goloso y exigente. 

Las delicias parecen vocearme, aguanto el tirón como puedo para no sucumbir a tan exquisitos manjares. Cuando me dispongo a retirar mis fauces del expositor para marcharme, alguien abre las puertas del local; el cual emana un sin fin de aromas que os aseguro,  es difícil describir. Fresa, nata, flan, caramelo, coco, vainilla y todo mezclado con el olor a bizcocho recién sacado del horno. Sin proponérmelo, mis pasos me dirigen hacia el interior del establecimiento. Con los ojos desorbitados frente a aquel derroche de trocitos de gloria, me quedo inmóvil ante el mostrador.

-¿Que le pongo?-Me pregunta la chica.

Ojeo rápidamente la cristalera para elegir tan solo, uno. Es difícil decidirse porque todo es de lo más apetecible. Así que le señalo una enorme bomba de nata bañada en chocolate y adornada con una gran fresa. 


La chica, toma una suavísima servilleta, acerca las pinzas al dulce y lo coge con mucha delicadeza. 

Lo cojo con entusiasmo y salgo del la pastelería con evidentes signos de felicidad en mi rostro.
Al salir, alguien se queda mirándome con expresión de rechazo. No entiendo muy bien por qué, y no quiero darle la menor importancia. 

Miro hacia la pastelería, para volver a recrear la vista una vez más, antes de marcharme. Pero en vez de disfrutar tanta ricura, observo la cruda realidad. Mi propio reflejo, mi silueta trazada a media luz. Un ser de poca estatura que últimamente crece a lo ancho, con mas de 120 Kl de peso. Confieso que por unos segundos se me pasó por la mente rechazar aquella ricura,  pero acto seguido, le doy un ansioso y generoso mordico...
Mientras camino pienso... 
Tengo que hacer un poco de dieta, voy a conseguir el mismísimo tipo de la Barbie. Pero eso será... Mañana...


Autora-Margary Gamboa.



jueves, 29 de enero de 2015

EN SUS REDES




Desde la torre del campanario se escuchaba el tañar de las campanas, que cada domingo anunciaban la hora de la oración. Casi todos los habitantes del pueblo, ataviados con sus mejores vestiduras, acudían a rendir culto a Dios. El padre Federico era el responsable de los oficios. Mi abuela y yo, siempre leales, acudíamos sin demora.
En aquella época de penurias, donde lo material no era más que pura quimera, nosotros éramos bastante privilegiados.


Nuestras tierras eran las más poderosas del pueblo. Teníamos varias hectáreas de terreno sembradas de viñas y aquellos viñedos proporcionaban un enorme poder adquisitivo, lo cual, ayudo a mí abuela a heñir la fortuna mas grande de todos los habitantes del pueblo. Poseímos una enorme casa a las afueras de la villa y otras tantas repartidas por el pueblo. Disponíamos de una servidumbre que nos hacia la vidas, mucho más cómoda.
Desde que nací, mi abuela fue como una madre para mí. Cuando quedé huérfano, con tan solo ocho años, ella se hizo cargo de mí y por supuesto, de mi educación. Pero el principal objetivo de aquella formación era
básicamente, la religiosa, cuya creencia dotaba al pobre de fuerzas espiritual para seguir adelante y al morir, alcanzar el Reino de los Cielos. También ayudaba al rico, a que fuese aún más poderoso y aquellos privilegios, los otorgaban los incondicionales “amigos” provenientes de La Santa madre Iglesia, que se introducían sibilinamente, en las familias más pudientes.

Mi abuela, única dueña de aquel poderoso imperio, era visitada a menudo por el párroco del lugar. Recuerdo, como casi todas tardes a la hora del té, el padre Federico llegaba puntual. Era muy correcto en el trato. Mi abuela, se sentía inmensamente afortunada por sus continuas visitas. En su corazón, había crecido un gran afecto por el padre, gracias a los amables gestos, observaciones y consejos oportunos del eclesiástico.

Aquel pueblo estaba dotado de tierras exclusivamente agrícolas, una gran parte de los habitantes del pueblo trabajaban en nuestros campos.
El padre Federico era muy apreciado entre todos los lugareños. 
En sus paseos por el pueblo todos los fieles le solían besar la mano, y él, en agradecimiento, orgulloso sonreía. Cuando me topaba con el padre, procuraba hacerme el despistado, dando, si hacia falta, un gran rodeo para evitarle. 
Esa simpática sonrisa que le caracterizaba y esa actitud de bonachón, la sustituía propinándome un sermón, y en cuanto veía a mi abuela, le relataba mis hazañas.


Yo me consideraba un chico normal, quizás algo cruel con los animillos del campo y con los insectos, pero mis “inocentes travesuras” de niños de mi edad, superaban la paciencia de mi abuela. Los castigos eran continuos y los sermones provenientes del padre Federico eran verdaderamente desconsiderados y desproporcionados. El buen padre pretendía que mi persona estuviera envuelta en un aura, como si de un Santo se tratara. Pero mi desenfreno no tenía enmienda...

El padre me tenía sometido a continuas confesiones, con sus consecuentes penitencias. Reconozco mi rebeldía, pues mi arrepentimiento no duraba demasiado, pese a los credos e infinidad de oraciones a las que me sometían. Pero los continuos enfrentamientos por mi inocente actitud de jovenzuelo, hacían que esa situación sobrepasara a todos, haciéndolas insostenibles.

Cuando cumplí los doce años, mi abuela me ingresó en una escuela Diocesana. Tenía la sana intención de que consagrase mi vida al estudio de la religión, otorgándole a dicha formación, una dedicación plena.

Se había aferrado a la ilusión de que su único nieto fuese uno de esos educados sacerdotes, que engalanado con sus hábitos dominicales, ofreciera a los fieles la palabra de Dios, llenando de orgullo a la familia.

Pese a mi negativa, mi incorporación al seminario fue inmediata. Mientras que los chicos de mi edad disfrutaban de juegos y primeros amores, yo aprendía la doctrina.

Durante el tiempo que pasé en el seminario, la rutina de las oraciones me superaba. Un ejército de recuerdos, legado por rechazo que siempre me produjo la figura del padre Federico, me perseguía. Los mantuve aferrados a mi mente durante toda la permanencia en aquella institución. 

Cuando decidí alejarme de aquella vida de oraciones y plegarias, rompí al completo las ilusiones de mi abuela, destrozando todos los esquemas que había puesto sobre mí. Se llevó el disgusto más grande de su vida. Por aquel entonces su salud estaba ya muy deteriorada.

A mi regreso a casa, el padre Federico seguía asediando a mi abuela con sus persistentes visitas.

Él siempre fue un gran tertuliano, con sus coloquios, tomaba la delantera en cada conversación. Mi abuela, cautivada por su verborrea, siempre se mostraba ¡tan agradecida¡ .En las reuniones familiares mi abuela comenzó a ignorarme. Su enojo, por mi decisión de abandonar los hábitos nos mantenía alejados . Incluso me había retirado la palabra, solo se dirigía hacia mí, en señaladas ocasiones, concediéndome el irónico trato, de usted.


A los pocos meses de mi regreso a casa, ocurrió algo que todo nos negábamos a aceptar. Era domingo y esperábamos a que mi abuela nos honrara con su presencia, para después del desayuno, como de costumbre, partir hacia la iglesia. Pero su retraso nos inquietaba. La doncella subió a su alcoba, pero mi abuela yacía muerta en su cama, su corazón había dejado de latir y ella de existir, para así, unirse al Reino de los Cielo como era su fervoroso deseo.

El padre Federico ofrecía misa a los fieles como de costumbre. Al terminar y advertir nuestra ausencia, fue a casa de inmediato. Halló lo ocurrido, mostrándose terriblemente consternado y colmando de elogios, a mi abuela.

El entierro y la misa por su alma, fue muy popular. Todo el pueblo acudió a ofrecerles sus respetos, como se esperaba. 

La mañana de la lectura del testamento el primero en presentarse fue el padre Federico. La herencia de mi abuela tenía muy claro su destino. Todas sus tierras, sus posesiones, su poder absoluto los donaba a la Iglesia. El regocijo del padre Federico era palpable. Reconozco que para mi fue una verdadera sorpresa, como un jarro de agua fría vertido sobre mi espalda, aunque también confieso, que antes de que empezaran a leer el testamento, tuve esa tremenda corazonada. Yo, anulado en la resolución de aquel legado, solo recibiría una pequeña casa y algo en efectivo para subsistir hasta que encontrase un empleo.


En aquel momento sentí como si no hubiese tenido pasado. Como si solo el presente fuera la única parte de mi vida que me quedaba por valorar.
Nuestra fortuna, nuestras tierras y nuestra potestad, cayeron en las redes de la Iglesia  y con ella se fue mi poca fé, en dicha institución. Hoy, pasado el tiempo, solo alcanzo a rememorar con muchísimo rechazo, como el padre Federico con su poder, supo cosechar las mieles de su triunfo…



Autora-Margary Gamboa.

lunes, 26 de agosto de 2013

COSAS DE MI INFANCIA


La infancia, ese asombroso paraíso en el cual, todos permanecemos un tiempo divino, pero ¡tan corto! Cuando estamos en él, deseamos escapar cuanto antes, sospechando, que el mundo de los adultos que nos espera, es mucho mejor. Pero nada más lejos de la realidad. Así que, cuando por fin hemos salido y nos damos de bruces con la realidad, nuestra mayor ilusión sería, volver él. Pero ya, ya no hay marcha atrás, todo ese encantamiento se dispersa como el humo, hacía el país de nunca jamás. Es un tiempo tan mágico como etéreo, en el que la mayor de las preocupaciones, es jugar y pasarlo bien. Y con la frescura de la inocencia, es !tan fácil!

Primer año de colegio, mi babi blanco inmaculado y los zapatos Gorilas. Cada año, cuando comenzaba el colegio, los zapatos Gorilas me acompañaban el caminar diario hacia la escuela. Me encantaba estrenar zapatos, aunque fueran Gorilas, que no eran nada bonitos. Pero lo que más me gustaba de estrenar esos zapatos, eran las pelotas que traían de regalo. Una pelota de goma verde y blandita, que botaba mucho.

Recuerdo mi primer libro, El parbulito. Editorial Alvarez, vamos, los de toda la vida, que le siguieron la enciclopedia de primer grado, de segundo y de tercero etc... Fue un tiempo tan especial, que hasta los olores recuerdo. 

Al pasar por algunos colegios desprendían un cierto tufo  a lápiz y goma de borrar. Era tan penetrante y a mi, poco me gustaba.


         


Las caligrafías Rubio también marcaron un tiempo muy importante en mi infancia ¿Quién de mi edad, no ha modelado su letra, sumado, restado, multiplicado y dividido con los cuadernillos Rubio?
Era un clásico de mi tiempo y aún hoy siguen formando parte de la educación escolar. Era tan obligatorio como practico y creo que por lo menos a mí, me sirvieron de mucho.


Los lápices de colores Alpino tampoco podían faltar en la cartera. Ni a la hora de dibujar en casa. En un mundo de colores como es la infancia, eran necesarios, como un juguete. Con ellos las horas parecían minutos y me pasé mucho ratos entretenida dibujando en las tardes de invierno, en las que no se podía salir a la calle. Una caja nueva de lápices de colores era como un regalo.
 Fui feliz en mi mundo de pan y chocolate, columpiarme en balancines de ensueño y tirándome por los toboganes de la ilusión, de chucherias a gordas, diez chuches por una pesetas !Que tiempos tan maravillosos aquellos! 

Fue una época de juegos, golosinas y de leche merengada. Los juegos formaron parte de mi mundo durante toda la infancia. Me gustaba saltar a la comba, jugar a los cromos y recortar y jugar a mis queridos recortables. Que me gustaba comprarlos, cada lámina, valía una peseta. Me llevaba una hora mirando el libro de recortables antes decantarme por alguno. Era difícil decidirse ¡Es que me gustaban todos!

Recuerdo con gran cariño esos juegos infantiles. En el colegio, durante el recreo, jugábamos al la goma elástica y a las rayuelas. Las rayuelas en mi ciudad, cuando yo era pequeña, se llamaba, jugar al pique o al turco. 

Tenía una cajita llena de cromos de todas clases, que algunas veces no la podía ni cerrar porque rebozaban y otras, otras me despeluchaban, después de jugar, mi caja de cromos se quedaba tiritanto. Entonces sentía de todo, menos alegría.

También recuerdo los saltadores, el yoyó y el diábolo. Fueron juguetes de mi infancia que se han ido perdiendo en el tiempo.




Por las calles de mi barrio he corrido a piernas sueltas, jugando al escondite con mis amigas, se podía jugar con toda tranquilidad porque no había coches. Bueno si, en todo el barrio había uno, pero siempre estaba aparcado y los niños se subían hasta en el techo.





Una pregunta que se suele hacer a los niños alguna vez durante la infancia. Qué quiere ser de mayor. Con la fantasía que les caracteriza, por ser lo que son, niños, manifiestan  deseos maravillosos, dando riendas sueltas a la imaginación. Bomberos, médicos, el capital trueno, jejejej, princesa de cuento, hada, piloto. Algunos de esos sueños se pueden hacer realidad, pero otros, otros no son más que eso, deseos mágicos de la infancia. Si hoy me preguntasen a mí, que me gustaría ser, ya no de mayor, porque ya lo soy, si no ser, sin género, ni límite. Lo tengo claro. A boca llena diría... ¡Quiero ser niña otra vez! Volvería a esa época con los ojos cerrados.

Creo que en mi interior, aún guardo una parte de esa infancia que se niega a abandonarme del todo. Configuró con su magia mi ordenador personal. Marcó mi ruta emocional, y cuando elevo mis pensamientos al infinito, siempre llego a la misma conclusión. 
La mejor etapa de la vida de una persona, es la infancia.



Si volviera a nacer aprendería a volar, así antes de hacerme mayor me escaparía al país de Piter Pan, a la isla de los piratas donde nadie crece. 




A menudo, pienso en ese tiempo que fue mi infancia, esos recuerdos que nunca se desvanecen, los guardo en mi interior como un tesoro y surgen impolutos, cada vez que me topo con alguno de estos recuerdos.

Quizás sea la edad, la que toma parte en todo esto. Últimamente, parece que esos recuerdos los tengo más vivos que nunca. Eso quiere decir, que me hago mayor ¡Qué pena! ...Bueno, sea lo que sea, siempre los disfruto.

Margary Gamboa.

martes, 5 de marzo de 2013

ESPÍRITU ERRANTE


Recuerdo a la pequeña Fani, como si la estuviera viendo ahora. Una niña risueña y pizpireta que sembraba alegría por dónde iba. Su casa y la mía daban puerta con puerta y a ella le gustaba estar en mi casa, más que en la suya. Yo, por aquel entonces, era muy joven, vivía sola y la pequeña Fani me daba mucha compañía. 

Vivíamos en un pequeño pueblo del sur, un sitio acogedor y tranquilo.
Fani tan solo tenía tres añitos y era preciosa. Sus cachetitos sonrosados invitaban a darles un mordisquito cariñoso, y dos luceros color mar, adornaban su carita angelical. Se llevaba todo el día revoloteando de casa en casa como una mariposa.

Recuerdo que fue un domingo de primavera cuando Elena, mi mejor amiga venía de visita.
Llegó sobre las cinco de la tarde y Fani estába en casa regalándome su compañía.
Mi amiga, se quedó fascinada con la chiquilla, su parloteo era simpatiquísimo.  
Tomamos café y Elena enseguida se hizo con la confianza de la pequeña y aprovechando su inocencia, decidió ir un poco más allá que de costumbre con el dichoso tema que tanto le apasionaba...
Sin titubear me propuso un juego. Así lo llamó...
A mí amiga no se le ocurrió otra cosa, que poner en práctica algo de lo que siempre estaba hablando. La ipnosis, tema, que yo, siempre eludía.

Me negué en rotundo, pero me conocía muy bien y no aceptó mi negativa sin discutir. No se cómo logró convencerme, pero el hecho fué, que terminé accediendo a sus pretensiones. 
Recuerdo como empezó con los preliminares, acariciando con ternura la carita de Fani y enseguida comenzó a participar su ''juego''...

Alzó a la pequeña en su regazo, sacó del bolso un medallón con una cadena y comenzó a balancearlo ante aquellos enormes ojos azules .

Intenté persuadirla para que cesara su empeño y viendo que estaba más que decidida... Entonces comprendí, que solo me quedaba implorale cautela. Nunca me había visto yo, en una situación semejante. Una cosa era hablar del tema y otra muy diferente, llevarlo a la práctica...
Aquello para mí era algo desconocido, me daba pavor y yo no dejaba de interrumpirla.

-Ssss, calla, calla, no interrumpas-me susurraba Elena.

En cierto modo empecé a tranquilizarme al ver que no ocurría nada y comencé a participar un poco mas conforme en el experimento.

Elena, insistía con el balanceo del medallón. Fani, lo miraba fijamente con esos ojos azules tan abiertos como dos soles. De repente, los ojos de la niña le dieron un vuelco y se le tornaron blancos.

En ese momento, las dos nos quedamos petrificadas.
No sabíamos muy bien como reaccionar ante aquello, pero la curiosidad nos dominaba y decidimos continuar con la investigación...

Con voz suave, Elena le preguntó a la pequeña.
-¿Como te llamas?
Fani, con una voz de niña mayor, contestó de inmediato .
–Me llamo Carmen. La media legua que aún conservaba a sus tres años desapareció ipso-facto.

Las dos estabámos aterradas, a mí, en ese momento, me hubieran pinchado y estoy segura que ni sangro. 

Y Elena volvió preguntarle:

-¿Cuantos años tienes?-Siete años­- Respondió la niña.

Estabamos atónitas, era la primera vez que vivíamos algo tan desconcertante. Nos miramos sin decir nada y Elena siguió preguntado.

-¿Y que te ha pasado?

-Me atropelló un carro en Santa Cristina.
-¿Un carro, cuando? -Preguntó Elena

La niña, que a duras penas podía contar del uno al cinco, respondió con rotundidad
-en 1828

Las piernas me temblaban, nos miramos las dos fijamente, pero aún con el miedo en el cuerpo, siguimos con la indagación.

-¿Y donde estás ahora?

-Estoy en la calle Don Felipe, en la tumba numero veinte.

Ya con esas palabras no pudimos ni reaccionar, cuando a lo lejos escuchamos la voz de la madre de Fani que la reclamaba.

-¡Date prisa, date prisa, regrésala, regrésala!- le supliqué a mí amiga

-¡Fani, Fani! Despierta Fani...
Dándole cachetitos en sus sonrosados cachetes, que, en ese momento, estaban tan blanco como sus ojos, pero la niña no respondía.

-¡Fani ven!- la voz de la madre se escuchaba cada vez más cerca.

No tuvimos la precaución de cerrar la puerta, porque era costumbre tener las puertas abiertas y la madre de Fani, enseguida se coló en el salón y encontró a la niña raramente descompuesta, llorando a moco tendido como si la hubiésemos torturado.

No supimos como justificar aquello. nuestros rostros nos delataron. 
La madre intuyó que nada bueno había ocurrido allí, y preguntó con signo de preocupación y gran disgusto.

-¿Que le habéis hecho a mi niña?

No hubo respuesta, nos dirigimos una mirada cómplice y  cabizbajas le regalamos un mutismo absoluto.

La niña, poco a poco iba recurando el color en sus mejillas, mientras lloraba a grito pelado.
El disgusto de su madre era más que evidente. Cogío a su hija en sus brazos y la sacó a toda prisa de mi casa, gritando...

-¿Que le habéis hecho a mi niña, que le habéis hecho? ¡Mal nacidas! ¿Que le habéis hecho a mi pequeña? Esto no os lo perdonaré...

El mutismo siguío reinando durante un buen rato. Nos sentíamos realmente avergonzadas.
Elena salió de mi casa sin nisiquiera despedirse de mí...
Lo que allí ocurrió, no era fácil de digerir. Me llevé bastante tiempo obsesionada con el tema.
Transcurrieron varias semanas sin recibir noticias la una de la otra, pero aquello que ocurrió no se nos borraba de la mente.

Al cabo de algún tiempo decidimos volver a vernos.
Teníamos la misma idea en nuestras mentes, visitar el Campo Santo en busca de respuestas.


Fuimos a la dirección exacta donde había dicho Carmen que descansaba y efectivamente, estaba allí. 
La dirección, la fecha de nacimiento y de la muerte. Carmen Izquierdo Pedroso 1821-1828 todo coincidía.


Las dos estabámos aterradas
ante aquella espeluznante revelación, y allí mismos, ante la tumba de la pequeña Carmen, nos juramos no volver a ''jugar'' nunca jamás, a aquel escalofriante "juego".


Autora-Margary Gamboa

sábado, 19 de enero de 2013

PALABRA DE UNA EX ADICTA




Me estoy quedando sin argumentos para escribir, lo he confirmado hoy mismo, aunque ya llevo algún tiempo dándome de bruces contra este talud. Pero hoy, para estar mas segura, he abierto la ventana que da al mundo de mi yo profundo, con el propósito de nadar un poco, aunque solo fuese, por las aguas estancadas, y no pude dar ni una sola brazada.

Encontré la fuente que mana mi inspiración desolada, seca, cegada por la desidia a causa de la inapetencia sublime que me corroe. Solo se avistaba un gran pozo profundo y seco, donde no fluían argumentos. Solo pude percibir un eco ensordecedor que bramaba inexistencia. Miré aún más allá, en otras direcciones, buscando algún resquicio de razonamiento para plasmar en mis hojas impolutas, pero la ausencia, la nada superlativa era quien se apoderaba de ese mundo que asoma a la cristalera del alma.

Me siento infractora de mi propio declive, siendo absolutamente consciente del  deterioro neuronal que supone tan estupita adicción. Pero tengo doblemente delito, porque he vuelto a caer en sus redes, aún a sabiendas, porque no es mi primera vez.

Pero he logrado abrir de nuevo los ojos al mundo que me apasiona de verdad. La escritura. Solo tengo que alargar el brazo y asir el volumen  del sentido común, y abrazar de nuevo a la lectura, para que vuelva a detonar la explosión de mi imaginación. Se que de mi mente fluirán nuevos pensamientos, nuevas ideas para redactar, dejando atrás mi adicción por los dichosos juegos del Facebook, que son los que me están carcomiendo la mente. Lo he decidido, desde hoy, la lectura seguirá siendo mi mejor amiga, y la escritura, mi hobby. Palabra de una ex adicta de los jueguecitos del Facebook.

Margary Gamboa.

domingo, 4 de noviembre de 2012

AMARGOR INSOPORTABLE


Abro los ojos y veo que la claridad se traspasa por algunas rendijas de la persiana. Vuelvo a cerrar los ojos. Me acurruco bajo el edredón y me dejó llevar por la desidia, pero enseguida prendo la luz de la lamparita para mirar el reloj. Lo sabía, ya son las ocho de la mañana, tengo la hora cogida y me despierto siempre a la misma hora.

Mantengo los ojos cerrados durante unos segundos, estoy tan cómoda y adormecida. Lucho por no dormirme de nuevo, y noto como la babilla resbala por la comisura de mi boca. Es cuando más agusto estoy, en esos minutos que le robo al tiempo en los que  me niego a cumplir con mi obligación, ovillada en mi camita, ignorando el dichoso reloj. Pero el día comienza y tengo responsabilidades que atender.

Prendo la luz de nuevo, todo está tan amodorrado como yo, hasta  la bombilla de la lamparita parece abúlica. Me restriego los ojos y entre desperezo y bostezo, me calzo las zapatillas. Levanto la persiana con cuidado; mi madre duerme en la habitación de al lado y no quiero despertarla. Entreabro una hoja de la ventana. Un día gris y ventoso. Se respira frescura mañanera. Me gusta. 

En un rincón de la plaza, los arriates floridos están encharcados. Me encantan esos días grisáceos y lluviosos, me parecen tan románticos y nostálgicos, espero que llueva otra vez.

Bajo a la cocina y preparo el café, enciendo la tele para ver las noticias. Otro día triste. Las noticias no son nada halagüeñas, el paro, los desahucios, los políticos enfrentados, la catástrofe del Huracán en Estados Unidos, y mas cerca aún, el desastre de Madrid Arena.
Siento angustia. Por mucha azúcar que le echo al café, tiene un amargor insoportable que no se le va. Cojo la taza y vierto el café por el fregadero, subo las escaleras  y me vuelvo a meter en la cama. Esta vez me quedaré aquí hasta que por lo menos, terminen las noticias.

Margary Gamboa.

miércoles, 31 de octubre de 2012

CATORCE CLAVELES


Candela, conduce camino a la Ciudad de Córdoba, por la carretera C-4. Su coche, un carcomido Citroen dos cabalallos, que cuenta ya con cantidad de Kms. Pero ella, complacida, cree ir sobre un corcel con cabalgadura centelleante.

Candela, tan cargante ella, tiene costumbre de calcular cada circunstancia ocurrida y las clasifica, en un cuaderno tan cuadriculado como ella. 
Cómo en una cantera, cincela cada circustancia acaecida, contando incluso, las contrariedades ocurridas, durante los catorce años de convivencia con su cuñada Carola.  
Casi cuarenta días caviló, como reconciliarse con su cuñada. Creía, a ciencias ciertas, que ya no tenía ocasión de contradecirla, concediéndole así, su codiciada clemencia.

Candela, para tal cortesía, no creyó convente consumir muchos cuartos. Para concebir dicho compromiso, la corresponderá con catorce claveles. Con eso se cree capaz de cumplir con ella.

Por el camino va cavilando en su cerebro el concepto a cumplir.  Su corroído Citroen, chirría como un convulso carcamal, pero ella sigue creyendo que va sobre un Cadillac, cargado de cascabeles.

Concluye su crucero al cruzar la ciudad, y se cuela por la capital como una campeona, cual conquistadora de su propio continente, conservando hasta el más colosal de los cinismos. 
Con su contuducta tan poco cordial, clausura su cometido, dejando caer sin compasión... Catorce claveles sobre la cripta de su cuñada Carola.

Autora-Margary Gamboa.

jueves, 18 de octubre de 2012

NUNCA ES TARDE


Ahí está Facunda, cabizbaja y malhumorada, tan arisca como siempre.
Se pasa las horas en la puerta de su casa, sentada en su silla de nea, viendo pasar los años de refilón, por la esquina de su calle. Con ganas de que la tierra reclame sus huesos, suspira con tanto ímpetu, como si la vida se le escapase en cada suspiro.

Hoy, el frío cala hasta los huesos, pero a ella le da igual que haga frío o calor, que llueva o ventee, nunca falta a la cita, y menos hoy, que es el día de los difuntos.

Pobre infeliz, tiembla como un perrillo indefenso muerto de frío. Sus manos acarician el mármol con tanta suavidad, que me ha dejado impresionada. Con que esmero se la vé, ordenando las flores que va a poner en el jarrón. Quita hasta las hojas verdes, para que solo luzcan las corolas y acaricia la foto de su niño con tanta delicadeza ¿Donde dejó su zafiedad? 

Parece mentira, se la ve tan vulnerable ahí arrodillada, mientras limpia la tumba de su niño chico. Cualquiera diría que tiene sensibilidad. Ella nunca demostró semejante ternura. Por algo los niños la llaman, la bruja. Siempre ofendiendo, insultando y maldiciendo a todo bicho viviente.
Yo no puedo recordar, ni un solo día, en el que la viera sonreír. Jamás se dirigió a mí, con una palabra amable, ni para darme los buenos día, y eso que vivimos puerta con puerta durante mas de cuarenta años.

Siempre pensé que esa mujer tenía al demonio dentro. Quien me iba a decir a mi, que me sorprendería tan gratamente. Y mas aún, cuando ha cogido una de las flores del jarrón de su niño y la posado sobre mi tumba.

Margary Gamboa.©todos los derechos reservados 

sábado, 22 de septiembre de 2012

QUE BELLA ES LA NATURALEZA

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Laura desea que el tiempo refresque, tras un sofocante verano.

Por fin, mes tras mes, las hojas del calendario caen como hojas caducas y ella respira tranquila. Ha refrescado y el edredón se hace imprescindible. La estación de otoño comienza a mostrarse en su mejor momento.

Afanosa embellece su vergel. Las flores de temporada comienzan a brotar y llega el viento ábrego con unos grados de humedad.

Plantas y arbustos de varias especies, adornan la casa, y rosas de pitiminí rodean la verja de la entrada. Los ramitos de violetas, sembrados al pie de los naranjos, embellecen el lugar. Los pensamientos alternados, con algunos ciclámenes, están repartidos por la fachada y dan un toque realmente atractivo. Las hortensias, sin perder su encanto, descansan de su exuberante floración.

Después de terminar, Laura se sienta a contemplar el precioso panorama.

-¡Que bella es la naturaleza!, exclama satisfecha.

Un colibrí se acerca a la fuente para beber, es normal su presencia en esta época. Y esta estampa, un deleite contemplarla.

Desde lejos observa todo el entorno. Aleja la vista hacia el horizonte y atisba el cielo encapotado. En poco, se origina una enorme ventisca.
Los árboles comienzan a batir sus ramas, cada vez con más virulencia.
Rayos y culebrinas se proyectan a distancia, y en un instante, comienza a diluviar. Desde la ventana del salón, asombrada, presencia la energía acumulada. Llueve intensamente y el viento silba enojado.

La noche, avanza borrascosa sin luna que la ilumine, y la lluvia vehemente se concentra descarada.
Un estruendo desgarrador. La tormenta sobre el tejado, llora y ruge sin piedad. Mira alarmada a todos lados, y el viento ruge violentamente.

Atónita, observa que sale agua por debajo de la puerta del cuarto de baño. En escasos segundos, también se cuela por debajo de la puerta de la vivienda. Ya sale por todas partes, por la ducha y por el lavabo. En poco tiempo, toma altura y todos sus enseres navegaban por doquier.

Aterrorizada, no hay quien la sosiegue, sube a la parte superior, allí se mantiene expectante, hasta que la calma musita convincente y el agua vuelve a su cauce.

Margary Gamboa.©todos los derechos reservados 





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martes, 11 de septiembre de 2012

EL ZAGAL Y LA MISA



Hoy os acerco la voz de la experiencia envuelta en un corto texto traído desde los años treintas hasta nuestros días.
Mi madre se crió en un colegio religioso donde la asistencia a misa era más que una obligación.

Las misas se solían decir en latín, con una  solemne parafernalia, que hoy día ya no existe, pero mi madre lo vivió durante un periodo bastante largo de su vida. Aún conserva en la mente algunas palabras en latín de esas largas misas que para ella eran interminables.

In nomine Patris, et Filii,  et  Spiritus  Sancti.   AmenIntroibo ad altare Dei

Pero como en esta vida hay gente que le pone a todo una nota de humor, el hecho de asistir a misa, no iba a ser menos.

Mi madre me ha dicho desde siempre, que no sabe de donde salió, pero desde pequeña se lo aprendió y aún lo conserva en su memoria intacto. Cada vez que me lo recita yo me harto de reír, porque le pone un cierto acento rústico, que es para escucharla. Me encantaría que la escucharais, seguro que nadie iba a quedar indiferente. Pero como eso es menos posible, por lo menos, puedo compartirlo con vosotros desde aquí. 





Érase una vez, un zaga, casaero y bastante semple, que iba a meter las manos en quinta y todavía no había ido ninguna vez a misa. Y su madre le decía…
-Hijo mío, ve a misa

-Güeno mare, iré, que uste más pesá, que la reja un arao-Y jué.

Y cuando volvió, le pregunta la madre.

-Hijo mío, cuéntame lo que has visto por ahí juera, que más tenío mu ensoliviantá.

-Verá mare. Juí a la plaza Llugan, me encontré con una crú de metá, me entre pa entro.

Me reconconijé en un conijá, y a la miajilla de ná, entran una mujere, con tuballa en la cabeza y se mojaban las manos en un lebrillo que había clavao en la punta una estaca. Y descue, se arrodillaban haciendo griño. 

A la miajilla de ná, salió un hombre defrasao de mujé y un zagalillo lo mesmo.

El hombre se puso a lee un libro y ahora viene er sinvergüenza der zagalillo le quita er libro de aquí y se lo pone allí. Y el hombre con mucha pasencia, se pone a lee y viene otra vez er sinvergüenza der zagalillo, se lo quita de aquí, y se lo pone allí otra vé. El hombre desfrasao de mujé, se pone de roilla y viene er sinverguenza der zagalillo y le levanta la farda como pa vele la parte sucia a la perszona. Así mare que no voy má a misa, se vaya a escapa un estacazo por la cepa la oreja y me lo gane yo, sin necesiá ninguna.




LIBRO DE VISITAS

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