EL VUELO DEL COLIBRÍ_ RELATOS

viernes, 29 de enero de 2010

EN SUS REDES




Desde la torre del campanario se escuchaba el tañar de las campanas, que cada domingo anunciaban la hora de la oración. Casi todos los habitantes del pueblo, ataviados con sus mejores vestiduras, acudían a rendir culto a Dios. El padre Federico era el responsable de los oficios. Mi abuela y yo, siempre leales acudíamos sin demora.
En aquella época de penurias, donde lo material no era más que pura quimera, nosotros éramos privilegiados.
Nuestras tierras eran las más poderosas del pueblo. Teníamos varias hectáreas de terreno sembradas de viñas y aquellos viñedos, proporcionaban un enorme poder adquisitivo, lo cual, ayudo a mí abuela a heñir la fortuna mas grande de todos los habitantes del pueblo. Poseímos una enorme casa a las afueras de la villa y otras tantas repartidas por el pueblo. Disponíamos de una servidumbre que nos hacia la vidas mucho más cómoda.
Desde que nací, mi abuela fue como una madre para mí. Cuando quedé huérfano, con tan solo dos años, ella se hizo cargo de mi educación al completo. Pero el principal objetivo de aquella formación era la religión, cuya creencia dotaba al pobre de fuerzas espiritual para seguir viviendo y alcanzar el reino de los cielos. También ayudaba al rico, a que fuese aún más poderoso. Aquellos privilegios, los otorgaban los incondicionales “amigos” provenientes de La Santa madre Iglesia, que se introducían en las familias más pudientes.

Mi abuela, única dueña de aquel poderoso imperio, era visitada a menudo por el párroco del lugar. Recuerdo, como casi todas tardes a la hora del té, el padre llegaba puntual. Era muy correcto en el trato. Mi abuela, se sentía inmensamente afortunada por sus continuas visitas. En su corazón, había crecido un gran afecto por el padre Federico, gracias a los amables gestos, observaciones y consejos oportunos del eclesiástico.
Aquel pueblo estaba dotado de tierras exclusivamente agrícolas, una gran parte de los habitantes del pueblo trabajaban en nuestros campos.
El padre Federico era muy apreciado entre todos los lugareños; en sus paseos por el pueblo todos los lugareños le solían besar la mano, y él, en agradecimiento, orgulloso sonreía a los fieles. Cuando me topaba con el padre, procuraba hacerme el despistado, dando, si hacia falta, un gran rodeo para evitarle. Esa simpática sonrisa que le caracterizaba y esa actitud de bonachón, la sustituía propinándome un sermón, cuando mi abuela le relataba mis hazañas.


Yo me consideraba un niño normal, quizás algo cruel con los animillos del campo y con los insectos, pero mis “inocentes travesuras” de niños de mi edad, superaban la paciencia de mi abuela. Los castigos eran continuos y las homilías provenientes del padre Federico eran verdaderamente desconsideradas y desorbitadas. El buen padre pretendía que mi persona estuviera envuelta en un aura, como si de un santo se tratara. Pero mi desenfreno no tenía enmienda.

Siempre me tenía sometido a continuas confesiones, con sus consecuentes penitencias. Reconozco mi rebeldía, pues mi arrepentimiento no duraba demasiado, pese a los credos e infinidad de oraciones a las que me sometían. Pero los continuos enfrentamientos por mi inocente actitud de jovenzuelo, hacían que esa situación sobrepasara a todos, haciéndolas insostenibles.

Cuando cumplí los doce años, mi abuela me ingresó en una escuela Diocesana. Tenía la sana intención de que consagrase mi vida al estudio de la religión, otorgándole a dicha formación, una dedicación plena.

Se había aferrado a la ilusión de que su único nieto fuese uno de esos educados sacerdotes, que engalanado con sus hábitos dominicales, ofreciera a los fieles la palabra de Dios, llenando así de orgullo a la familia.
Pese a mi negativa, mi incorporación al seminario fue inmediata. Mientras que los chicos de mi edad disfrutaban de juegos lúdicos y de sus primeros amores yo aprendía la doctrina.

Durante el tiempo que pasé en el seminario, la rutina de las oraciones me superaba. Un ejército de recuerdos, legado por el padre Federico, me perseguía. Los mantuve aferrados a mi mente durante toda la permanencia en aquella institución. 

Cuando decidí alejarme de aquella vida de oraciones y plegarias, rompí al completo las ilusiones de mi abuela, destrozando todos sus ideales. Se llevó el disgusto más grande de su vida. Nunca quiso perdonarme. Por aquel entonces su salud estaba muy deteriorada.
Cuando regresé a casa, observé que el padre Federico seguía asediando a mi abuela con sus persistentes visitas.


El padre Federico era un gran tertuliano, con sus coloquios, tomaba la delantera en cada conversación. Mi abuela cautivada por su verborrea, siempre le estaba tan agradecida. En todas las reuniones familiares mi abuela me ignoraba. Su enojo, por mi decisión de abandonar los hábitos nos tenía enfrentados. Se mostraba indignada en cada momento con mi persona. Incluso me había retirado la palabra, solo se dirigía hacia mí, en señaladas ocasiones, concediéndome un irónico trato, de usted.


A los pocos meses de mi regreso a casa, ocurrió algo que todo nos negábamos a aceptar. Era domingo y esperábamos a que mi abuela nos honrara con su presencia, para tomar el desayuno como de costumbre y seguidamente partir hacia la iglesia. Al observar su ausencia por el comedor nos inquietamos. La doncella subió a avisarla, pero no contestaba a sus llamadas. Decidió entrar en la alcoba, mi abuela yacía muerta en su cama, su corazón había dejado de latir y ella de existir, para así, unirse al reino de Dios, como era su fervoroso deseo.

El padre Federico ofrecía misa a los fieles como de costumbre. Al advertir nuestra ausencia, fue a casa de inmediato. Halló lo ocurrido, mostrándose terriblemente consternado y colmando de elogios y a mi abuela.
El entierro de mi abuela fue muy popular. Todo el pueblo acudió a ofrecerles sus respetos, como se esperaba. 

La mañana de la lectura del testamento el primero en presentarse fue el padre Federico. La herencia de mi abuela tenía muy claro su destino. Todas sus tierras, sus posesiones, su poder absoluto los donaba a la iglesia. El regocijo del padre Federico era palpable. Reconozco que para mi fue una verdadera sorpresa, como un jarro de agua fría vertido por la espalda, aunque también confieso que antes de que empezaran a leer el testamento, tuve esa tremenda corazonada. Yo, anulado en la resolución de aquel legado, solo recibiría una pequeña casa y algo en efectivo para subsistir hasta que encontrase un empleo.


En aquel momento sentí como si no hubiese tenido pasado. Como si solo el presente fuera la única parte de mi vida que me quedaba por valorar.
Nuestra fortuna, nuestras tierras y nuestra potestad, cayeron en las redes de la Iglesia  y con ella se fue mi poca fe en dicha institución. Hoy solo alcanzo a rememorar como el padre Federico con su poder, supo cosechar las mieles de su triunfo…


Margary Gamboa.

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