EL VUELO DEL COLIBRÍ_ RELATOS

jueves, 11 de agosto de 2011

PENDIENTE DE UN HILO





Ayer fue mi cumpleaños. Me pasé todo el día deseando que llegara el Juan. 
A media tarde me senté en el porche para verlo aparecer. 
Me intentaba distraer mirando los alrededores para que la espera se me hiciera menos pesada. 

El sol se veía enrojecido y teñía a las hojas de los árboles de un color anaranjado. 
El silbido del viento era constante. Me entusiasmaba el colorido de la gitanilla. En esta época del año, los naranjos están rebozadito de azahares, empapan todo el ambiente de su aroma. El rosal, cuajadito de rosas estaba para echarle un retrato. El aire arreciaba y en ocasiones el polvo se arremolinaba en el camino. La espera se me hacía interminable…

El Juan es un muchacho muy garboso. 
Me pretende desde hace casi un año. Trabaja en las siembras del Macario; el vecino de al lado. Sus tierras colindan con las nuestras. 

Cuando le llevo a mi padre la vianda hasta el sembrado, siempre veo al Juan a lo lejos y él, me agita su sombrero desde la distancia. 
Trabaja mucho, es muy apañado. Le gusta la taranta y a veces tararea algunas tonadas mientras se patea el arado.

Siempre que viene el Juan, mi padre está al acecho. Es muy pejiguera, solo con la mirada me hace retemblar, porque él, las mata callando.
Nunca me ha puesto una mano encima, ni siquiera de renacuaja. Siempre me ha tratado con mucha paciencia. Yo le tengo cantidad de respeto, siempre se lo he tenido y ahora quizás más, será porque ya encaneció. 
Siempre me dice que soy una cabra loca, porque me encanta retozar por el cañadón y me dice, que eso no es de señoritas.

Ayer, como siempre, mi padre estaba vigilando por detrás del cortinal; se suele asomar de vez encunado. Mi madre, mientras, ensimismada preparaba la cena. Ella ignora que mi padre siempre está al acecho, porque suele disimular cuando ella se acerca. 
Me da un poco de vergüenza que me ande en vigilancia, porque ya soy mayor, ya tengo diecinueve. 

En el pueblo todas las mozas de mi edad ya están pedías o casadas, pero a mi padre, ¡Maldita la gracia que le hace que venga nadie a cortejarme! Si por el fuera, me quedaría toda la vida para vestir santos.

Me había ataviado a conciencia para la ocasión, con el vestido de los domingos, auque no lo era. Ya sobre las ocho, alcancé a ver a lo lejos la figura del Juan. Se veía muy pequeñito, pero se acercaba muy rápido. Al verme sentada en el porche, me agitó el sombrero y apretó aún más el paso y en un momento recorrió la vereda que llega hasta la casa.
Venía bien arregladito, muy repeinado, con camisa limpia y pantalón planchado. 
Se acercó a mí muy sonriente, mientras se sacaba el cigarrillo de entre la comisura de la boca. Me agarró la mano y la besó con mucha guapura; como si yo fuera una dama de cine. Me felicitó y me ofreció un ramito de flores silvestres que escondía tras él. Traía también, una cajita muy chica, sujeta con un lazo rosado. Me puse tan nerviosa que me hizo sacar los colores. 
Me gustó mucho el regalo. Eran unos zarcillos de coral con un hilo de oro. 
¡Que mozo más atento!

Después de sujetármelo en las orejas, con mucho empaque me agarró la mano para salir a pasear. Yo retrocedí, porque vi moverse el cortinal y le hice saber que mi padre estaba al acecho.
Así que nos sentamos en el porche y conversamos un rato largo, mientras mirábamos las estrellas. El cielo estaba cargadito de ellas. El Juan vio una estrella fugaz y me dijo que había pedido un deseo. Cuando se percató de que mi padre no nos vigilaba, me convidó a ir al establo. Me dijo que allí estaríamos más calentitos y además fuera del alcance de los ojos de mí padre.

 Acepté, porque no vi malicia en aquello.

Cuando llegamos al establo, con fingimiento de que estaba agotado me dijo:
–Anda ¡ven-acá-pacá! – y me retumbó en el heno.

Yo notaba algo raro al Juan, que con voz cosquillosa me susurra al oído cosa melosas, y me estrujaba con fuerzas entre sus brazos, casi dejándome sin aliento. Me agradaba un montón el olor a heno fresco y sus continuas carantoñas y piropos me sofocaban.

Él Juan es muy tenaz, lo descubrí ayer tarde porque no me daba tregua a que me pudiera resistir a sus continuas cucamonas. 
Retumbados en el heno y con mucho descaro, empiezo a deshacerme los lazos del refajo. Yo, me negué porque eso me causo mucho incomodamiento. 
Nunca se había comportado así el muy truhán.

Entre tanto besuqueo y carantoñas, los cordones de su calzón se enmarañaron con los lazos de mi refajo. Él Juan, cada vez estaba más enrojecido. Su cara parecía que iba a estallar de un momento a otro. La verdad es que no sabía yo muy bien lo que le estaba pasando, porque le retemblaba la voz y sudaba como un descosido, mientras intentaba desmarañar el entuerto del puñetero refajo. Creo que no tiene mucha habilidad con los cordones.

Yo estaba nerviosita, por el temor de que mi padre nos echara en falta. Pero, el Juan seguía enfrascado en el enredo y cada vez más sofocado. Estaba muy agitado, parecía que iba a estallar como una gaseosa después de ponerla al sol. De repente, cerró los ojo y suspiró extraño. Me asusté muchísimo, porque por un momento creí que estaba agonizando. Nunca había visto yo a nadie en de esas maneras. Pero no pasó nada, gracias al mismito Dios, que no. 
Allí estuvimos callaitos los dos, quietitos durante unos cuantos minutos, en los que yo, estaba intentando explicarme lo que allí había pasado, y de repente me hablo ya con la voz normal:
–Anda Carola, ve arreglándote el pelo que lo tienes enmarañado.

Yo, me embutí en mi blusa y me recompuse el peinado como pude. Al tocar mi oreja me note que uno de los zarcillos no estaba ¡AY mare mía, que disgusto mas grande! mi pendiente nuevo. Me entraron las siete cosas, pero no me dio tiempo a buscarlo porque en un periquete mi padre se plantó en la puerta del granero. 

Venía bufando, como un búfalo cabreado y de su boca no salía nada bueno. En ese momento fui yo quien enrojecí de puro miedo y vergüenza. Con la cabeza agachada lo vi vapulear al Juan. No me atreví a mirar a mi padre a la cara. Solo me arriesgué a menear mi saya con pujanza, para despegar el heno que se había pegado a ella. El Juan, al igual que yo, se sacudía el forraje del pantalón, mientras se disculpaba con mi padre. 

Mi padre me cogió del brazo con ahínco y me arrambló hasta la casa mientras a voces, nos prohibía a los dos volver a vernos. Yo miré los ojos del Juan y supe que nunca jamás, él, renunciaría a mí. Carola-Abril de 1903

Margary Gamboa

1 comentario:

  1. Que maravillosa eres!!! compartiré tu blog en el mío! que lindo está!
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    Este es mi rincón de poesía, ahora mismo iré a compartir tu enlace!

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